“Proteger a las personas de sí mismas”. Me espantó esta idea. Y me espantó mientras llegaba en el momento en que mejor podía ser aceptada. Veía desde abajo, desde mi intrépida visión de viajera de asfalto, a todas aquellas narices que despegaban de sus rostros y que se pavoneaban sobre cuellos que actuaban como estantes. Pero desde el suelo no podía ver sus ojos porque ninguno de ellos miraba hacia abajo. Se limitaban a mantener el equilibrio en sus miradas, y estoy hasta casi segura de que si hubiese podido observarlos desde su misma altura, ninguno de ellos se hubiese atrevido a alzar la vista más allá de lo establecido. Pero hay que entender que son tan víctimas como yo de lo que viven. Les han enseñado a ser así, y a nadie se le puede culpar de no haber desarrollado la capacidad del cambio. Han crecido con el miedo arraigado en sus ideales, con la fragilidad como temor regularizado. Son de los que se atreven a llamar ilusos e incoherentes a los que animan a mirar atravesando la línea de lo que se pacta. Son resultados negativos que juegan en nuestra contra. Pero a un resultado nadie nunca podrá acusarlo de nada porque no es más que eso: un producto, un signo de igual llevado al extremo, una nariz que despega de un rostro y de un cuello que actúa de estante.