jueves, 1 de diciembre de 2011

“Proteger a las personas de sí mismas”. Me espantó esta idea. Y me espantó mientras llegaba en el momento en que mejor podía ser aceptada. Veía desde abajo, desde mi intrépida visión de viajera de asfalto, a todas aquellas narices que despegaban de sus rostros y que se pavoneaban sobre cuellos que actuaban como estantes. Pero desde el suelo no podía ver sus ojos porque ninguno de ellos miraba hacia abajo. Se limitaban a mantener el equilibrio en sus miradas, y estoy hasta casi segura de que si hubiese podido observarlos desde su misma altura, ninguno de ellos se hubiese atrevido a alzar la vista más allá de lo establecido. Pero hay que entender que son tan víctimas como yo de lo que viven. Les han enseñado a ser así, y a nadie se le puede culpar de no haber desarrollado la capacidad del cambio. Han crecido con el miedo arraigado en sus ideales, con la fragilidad como temor regularizado. Son de los que se atreven a llamar ilusos e incoherentes a los que animan a mirar atravesando la línea de lo que se pacta. Son resultados negativos que juegan en nuestra contra. Pero a un resultado nadie nunca podrá acusarlo de nada porque no es más que eso: un producto, un signo de igual llevado al extremo, una nariz que despega de un rostro y de un cuello que actúa de estante.

domingo, 27 de noviembre de 2011

De repente, entiendes que el arte es una sensibilidad desnuda. Comprendes que es un torbellino de pelos de punta y de amplitud emocional, de vínculos y de recovecos de un laberinto tan largo como se quiera. Te das cuenta de que ese es el Don. El tan buscado y selectivo Sr. Don. Y arriesgándote, como se arriesga el cuerdo que se vuelve loco, decides que se convierta en el compañero de tus maneras. Y entonces, ya estás perdido. Dejas de mirar hacia el mundo como si fuese un desconocido y te empiezas a sentir partícipe de todo lo que tocas. Haces tuyas las miradas de la gente, las razones de las cosas y te acercas, a medio centímetro de la nariz de la vida, y eres capaz de hacerte una idea de su profundidad. Porque no tienes miedo. Porque sabes que el arte está ahí, contigo, y que toques lo que toques, sabrás tocarlo bien. Porque es tuyo, porque se trata de ti y porque, por encima de todo, lo que queda del “yo” cuando tu cuerpo termina, sigues siendo tú. Y te crees tremendamente pleno. Y sientes una gran admiración hacia lo que te rodea cuando ves a otro de esos como tú que intentan jugar con la magia. Porque los artistas también necesitan sentirse aceptados, porque un artista sin amor como incentivo no es artista.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Gaia me ha dicho que hoy no se levanta. Cada día llora más y ya siempre a destiempo. Y se está volviendo bipolar porque pisa los extremos como si nos quisiera poner a prueba con ellos. Gaia está enfadada con el ser humano. No comprende sus motivos y me cuenta que la vida le ha desilusionado. Dice que la estamos corrompiendo y que ha escondido lo que queda de calor para que no lo destruyamos. Y me avisa y me advierte de que ya está buscando refugio para lo que queda del Sr. Amor.
Gaia se consume. Está tan disgustada con el mundo que hasta lo paga conmigo. Ha entrado en disputa con la Diosa razón y se está debilitando. Y todos sus símbolos, tan mágicos y libres, tan puros y claros, se están asustando.
Gaia ya no tiene ganas de servir su esencia al público. Se siente ofendida y nos da la espalda. Cree que está siendo ignorada y yo la entiendo. Me cuenta que echa tanto de menos sus inicios como los cantos que algunos lanzaban en su honor en la década del libertinaje. Gaia, a medio camino de la desesperación, nos está pidiendo ayuda.
Échale el cerrojo al corazón. Es una manera de vivir, ¿no crees? Pero nunca nada es tan sencillo. La libertad ya no es pacto, perdió el encanto y nos encerró. Nos estamos volviendo antinaturales, antisociales por esa necesidad de no ser más de lo que alguien nos pidió. Nos movemos como esas muñequitas de las cajas de música antiguas, volteándonos sobre nosotros mismos, solo así, y cuando alguien nos da cuerda. Monótonos, maquinados. Como si activarnos fuese un pecado o una desobediencia.
El coraje ya no está en la lucha, sino en la contradicción, en el absurdo valor de competir con nuestro corazón y darle aliento al racional.
El día que aprendamos a fluirnos, a darnos en nuestra más pura esencia, las alas aparecerán. Como verdades tangibles, con esperanzas a cuestas.
Vivimos en la sociedad del producto. Necesitamos vendernos constantemente a través de un intento de lo único o de lo ingenioso y, paradójicamente, nos volvemos enemigos de la originalidad. No hay gesto que no se haya inventado y la conciencia de esto, podría matarnos. Somos las réplicas de una idea, de un guión preestablecido que se moldea con el tiempo y que nos limita. Somos un espiral de copias baratas de lo que un día fue puro. Somos una religión distorsionada, una prueba gastada de lo que hoy es historia. Pero sin embargo estamos absolutamente convencidos de que somos especiales. Especiales ante el mundo y entre el mundo. Como si el norte de nuestras vidas llegase un día a su tope y decidiese manejar a las masas con nosotros como ejemplos. Porque en el fondo eso es lo que esperamos. Actuamos como si detrás de nosotros hubiese alguien casi invisible dispuesto a aplaudir todo lo que hacemos. Quizás así tome más sentido el camino. Supongo que hacer por hacer, por el placer de hacer, provoca demasiado vértigo.
Gustarse tanto y tan bien impide entender porqué no logramos conquistar a alguien a quien mostramos nuestra esencia más absoluta. Es decir, creo que llega un punto en el que te sientes tan infinitamente seguro de ti mismo, que te equivocas. Te equivocas con tu imagen y te equivocas respecto a las intenciones ajenas. Pero no se trata de una especie de prepotencia ni de superioridad demasiado interiorizada. Supongo que conocemos tan a la perfección nuestros motivos que cualquier gesto desorientado nos parece el idóneo. Y entonces llegan las confusiones y los berrinches de altivas presentaciones.
Quererse es importarte. Me atrevería a decir que tanto o más que el respetarse, si no fuesen de la mano. Pero la razón no es una herramienta que podamos permitirnos ignorar. El juego se completa si hacemos un buen uso de la lógica emocional. Y al fin y al cabo, el único modo de conservar nuestro estima es combinándolo con el reflejo que hacemos de él hacia el resto de la sociedad.
Supongo que a veces nos olvidamos de que las personas somos mentes en constante evolución. ¿Cómo pretender no aceptar que la sociedad ruede si no es más que el conjunto de una maquinaria en acción? Pero para que la revolución social sea totalmente satisfactoria es necesario que crezca antes la necesidad del cambio en nuestras cabezas. Y al cambio se accede a través de la duda y del cuestionamiento. Nadie con miedo puede provocar un movimiento sano. Los grandes giros de la historia, los positivos, se han llevado a cabo por cerebros en equilibrio capaces de poner a prueba un razonamiento al que reforzar. Hay que entender que ningún paso se dará en falso cuando parta de una idea reafirmada. El futuro deberá constar de una cooperación para lograr la supervivencia. En un ciclo ambiental tan complejo como este empieza a ser incompatible la sensación de individualismo que reinaba hasta el momento. Paradójicamente, y como ha ocurrido a lo largo de las épocas, cualquier especie necesita de una ayuda externa para sobrevivir con éxito.
El ser humano, hasta cuando menos humano parece, sigue vivo. Y esta es la prueba definitoria para entender que el avance, entendido como un opuesto a lo estático, será infinito. Mientras haya una mente capaz de recibir estímulos, albergará la esperanza.