Y bailarle al mundo. Que la tierra se vuelva menuda y que notes que abrazas todo lo que te rodea. (Qué placer y cuánta tierna fantasía). Y que la hierba te cante y que cualquier invertebrado, pequeñito y con alas, añada los coros. Y vivir en un constante bucle de amor. Encandilarte con la lluvia, con el silbido de aquel viejo que canturrea sobre el andén, con las mariposas, con la evolución de los renacuajos, con los buenos gestos o con la fascinación por el blanco y el negro en la piel... ¡Qué sé yo! Y que los enemigos no existan. Y que la armonía sea el deporte oficial de una tierra sin fronteras. Y que viajar sea un requisito imprescindible para la evolución. Y rotar, y trasladarnos y voltear sobre nosotros mismos cien veces antes de caer en la cuenta de que somos muy complejos. Y que no nos tengamos miedo. Y que nos sintamos tan llenos, que morir no nos tenga que dar lástima, y que deseemos que otros como nosotros empiecen una nueva vida aquí. Que los pecados sean sólo tentaciones bien obradas y que el respeto no se infrinja. “El planeta de las cosas bellas”.
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